Originalidad, ¿y después?

Lo original, lo particular, lo novedoso, lo singular y lo único siempre han tenido un lugar en la sociedad. Por cierto, el dinamismo, la innovación, la creatividad y el cambio requieren de la presencia de estos atributos. 

Lo distintivo de nuestro contexto actual es que la búsqueda de lo singular se ha transformado en un imperativo. La originalidad que solía estar restringida a ámbitos contraculturales como el arte, la moda o los jóvenes, se establece en la actualidad como una norma generalizada. 

La excepcionalidad y la unicidad no son únicamente aceptadas, sino que son estimuladas. A esta condición se le ha llamado “la sociedad de las singularidades”. Aquí, algunas de sus características.  

En primer lugar, cabe destacar que la centralidad de lo singular, tiene como correlato necesario, la desvalorización de lo general, lo estandarizado y lo regular. Por ejemplo, en el campo laboral los títulos y certificaciones se desvalorizan frente a competencias y experiencias personales. 

Luego, en segundo lugar, la expectativa de singularidad no sólo atañe a individuos, sino que también se dispone con respecto a productos, servicios, organizaciones, empresas y lugares. Los destinos turísticos no solo deben ofrecer servicios adecuados, sino que también deben presentarse como destinos “únicos” que, de paso, contribuyan a los intereses de singularización de sus clientes. 

Por último, cabe destacar que lo singular no resulta del reconocimiento de atributos existentes, sino que requiere ser producido y fabricado. De aquí que existan, paradójicamente, altos niveles de estandarización y regularidad en los modos en que las singularidades son construidas.

La valorización de lo singular, sin embargo, es circunstancial. La originalidad se agota o se sustituye. Este es un desafío para todo proyecto que busque sustentabilidad en la sociedad actual.

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